Salía de la oficina a la tarde temprano. Caminaba hacia una plaza y delante mío tres chicos iban pasándose una bolsita de pegamento. No tendrían 14, 10 años. No sé, eran terriblemente chicos. Terriblemente inconscientes. Pero sobretodo eran terriblemente inocentes de un futuro sin sentido. Me dolió que sea algo tan corriente. Que no haya remedio solo resignación. Que no pueda hacer nada. Que fuera una muda espectadora. Que haya tanto hijo de puta suelto.
Esos pendejos piensan que nada pierden ya. Que escapan de una situación. De hecho se anestesian al dolor, al hambre, a su presente, al frío. Y yo creo que despues de ese efecto hay poco o nada que ofrecer a cambio.
Ojalá no permitamos, sigan empeñando nuestro futuro.

